23 de mayo de 1985.
El cadáver estaba envuelto en pelo, pelo largo y negro que ocultaba una avutarda acartonada. Alrededor del pájaro bailaban y cantaban tres niños:
“Silo de carroña,
Sino de aprendices,
Nido de cenizas,
Nicho de lombrices.
Ahí viene la madre,
Viene la moscarda,
Suyo es el cadáver,
Nuestra la avutarda”
Cientos de moscas cubrieron el cuerpo sin vida de la avutarda. Enredadas en el pelo, las moscas quedaron atrapadas.
Uno de los niños agarró el amasijo de pelo, moscas y carne muerta y atándolo con una cuerda lo colgó de la rama de una encina. Los niños se sentaron bajo el cadáver formando un triángulo.
Aquella fúnebre colmena de plumas, pelo y moscas se balanceaba describiendo un ocho, un infinito movimiento que cada vez era más rápido. A la vez que el cadáver pasaba por encima de sus cabezas, los niños susurraban una oración:
“Ojos muertos envueltos en ojos ciegos, caos envuelto en pelo de muerto, ciegos los ojos, iluminan la noche”
Al cabo de un rato, el cadáver paró en seco en el centro del triángulo que formaban los niños. El mayor de ellos, de unos 10 años, se levantó y encendió un mechero que arrimó al ovillo de pelo. Las moscas caían como pequeños cometas mientras el pelo, como pequeños hilos de lumbre, ascendía lentamente hasta que quedaba enganchado en las ramas de la encina.
Arriba, bajo la copa de la encina, el cielo apocalíptico mostraba la constelación de la matriz, abajo, los nuevos cadáveres y, presidiendo aquel pequeño universo, el pájaro humeante. Los niños inhalaron el humo que desprendía el cadáver y escarbaron en el suelo, escarbaron durante dos horas. Cuando las sepulturas estaban listas los niños se acostaron. Una ráfaga de viento apagó el fuego y sepultó a los niños.
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-Madre, déjeme salir- suplicaba la hija desde la habitación- ¡madre, madre!
Eran las 11 de la noche del 23 de mayo cuando todo ocurrió. La familia, el padre, la madre y la hija, todos sentados alrededor de la mesa camilla jugaban a las siete y media como todos los jueves.
La hija tenía 21 años, era alta, más que el padre, morena y no muy agraciada. Trabajaba en una oficina ordenando papeles y digitalizando antiguas facturas. Las tardes las pasaba, al igual que las noches, sentada con su madre, en la mesa camilla, haciendo punto o jugando a las cartas. De vez en cuando veían alguna película de estreno que habían comprado a un chino.
La madre proteccionista, veía en su hija el ideal de mujer joven, como había sido ella y como había sido su madre. El color negro imperaba en la casa, al igual que el pelo recogido en un moño perfectamente redondo y custodiado por decenas de orquillas negras. Cientos de figuras de porcelana de los bazares adornaban el viejo mueble de pino.
La madre mostraba continuamente una mueca cómica que sus ojos desmentían, “¿otra partida? Yo barajo”.
El padre, el patriarca destronado, era un hombre delgado, demasiado viejo para su edad, gastado y cansado. Llegaba a casa sobre las 10, cenaba, veía la televisión y a las 11 y media se acostaba mientras el resto de la familia seguía jugando a las cartas.
Se levantaba a las 6 de la mañana para ir a la fábrica. Cuarenta años montando tostadoras en el mismo taburete de siempre. Hace una semana le habían regalado una camisa azul con el logotipo de la empresa bordado en el bolsillo, eso era lo único que había conseguido en cuarenta años, eso y el piso, una vivienda de renta antigua que anteriormente había sido una oficina del registro catastral.
La partida de las siete y media de las 11 terminó antes de lo habitual. El padre veía un programa de reportajes cuando la hija se levantó, tiró las cartas al suelo y abrió la boca encorvándose hacia su padre. Su cara empezó a hincharse, la piel tomaba un tono azulado y sus ojos estaban a punto de estallar.
La madre, asustada, se levantó y le dio unas palmadas en la espalda. El padre saltó del sillón y corriendo fue a llamar a urgencias pero la hija lo cogió por los hombros y lo empujó hacia el sillón. La madre, llorando, la agarró por la espalda abrazándola, pero no podían hacer nada, la hija seguía con la boca abierta, hinchada, sin emitir ningún grito ni gesto.
De pronto, la hija se levantó la falda y el padre creyó ver la cabeza de un cordero sin ojos, parecía muerto pero balaba, balaba como los corderos que van a morir.
El cuello de la hija empezó a hincharse y una especie de madeja de pelo negro apareció por la boca. Como el que expulsa un trozo de carne al atragantarse, la hija, con un sonoro balido escupió una inmensa bola de pelo negro, grasiento y apestoso.
La madre cayó al suelo desmayada y el padre, llorando y gritando, quedó sentado en el sillón sosteniendo la bola de pelo. La hija, balando como una cabra a la que están acuchillando, daba vueltas orinándose por toda la habitación.
El padre dejó la bola de pelo encima de la mesa y fue a reanimar a su esposa.
Al cabo de una hora, los padres intentaron calmar a su hija pero fue imposible. Mientras caminaba como danzando en círculos, la hija, expulsaba por la boca lo que serían restos de pelo a la vez que orinaba y balaba.
Afortunadamente la hija entró en su habitación y los padres aprovecharon para encerrarla. Desde que se mudaron a este piso no habían cambiado las puertas y estas conservaban las cerraduras de la antigua oficina.
El padre preparó una tila a su esposa, la sentó en un taburete de la cocina y fue al salón. Se acercó a la bola de pelo y notó que se movía, un movimiento casi inapreciable. Acercó la cabeza al pelo y escuchó un ruido intermitente, como una radio que no acaba de sintonizar, un ruido blanco, intermitente. Intrigado, intentó abrir la bola de pelo con sus manos y sin mucho esfuerzo consiguió abrir un pequeño hueco. Acercó otra vez la cabeza para escuchar el ruido pero algo le hizo saltar hacia atrás. Miles de moscas, negras y grandes, salían de aquel hueco como un chorro de agua negra y ruidosa que sale a presión de una manguera pestilente.
En pocos minutos la habitación se llenó de moscas. Cubrían las paredes, el techo, las figuras de porcelana, la mesa. Otras, aplastadas y moribundas formaban sobre la orina del suelo, un mosaico de últimos espasmos. El olor era insoportable. El padre saltó por la ventana.
La madre, con la mueca borrada, con los ojos en blanco, abrió la nevera y sacó una cabeza de cordero.
La hija seguía balando y orinando encerrada en su habitación cuando su madre, en la habitación contigua se levantó la falda y simuló actos obscenos con la cabeza de cordero. De repente un grito, un balido o un graznido, quizá los tres sonidos a la vez, salieron de la boca de la madre.
Como un pastor muerto en medio del campo, la mujer, con ese grito llamó a las moscas, que de una en una, fueron introduciéndose en la boca.
Tardaron cuatro horas en desaparecer dentro del cuerpo. Al entrar la última mosca, mientras la hija seguía balando, la madre corrió hacia el salón y saltó por la ventana.
El forense, sin el más mínimo cuidado, abrió en canal el cuerpo de la madre, al llegar al útero el forense no podía creer lo que estaba viendo, tres fetos aun con vida abrazaban un enorme pájaro muerto.