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Archive for 17 octubre 2012

Rulagordos

Ayer salí a dar una vuelta, a despejarme, a no pensar, solamente a caminar. Eran las cuatro de la mañana.
Sin rumbo fijo, lo mismo giraba a la izquierda que a la derecha. Llegué al centro de la ciudad.
Al pasar por delante de unos grandes almacenes me fijé en un hombre que caminaba justo delante de mí. Estaba gordo, de mediana edad, con gafas.
Antes de llegar a la esquina el hombre acabó su paquete de cigarrillos y lo tiró al suelo. Ese acto sucio me enfadó, ese gordaco asqueroso, ese saco de pringue maloliente me sacó de mis casillas. Me dirigí hacia él y le pedí, educadamente, que recogiera el paquete y lo tirara a la papelera. El hombre se limitó a insultarme y siguió su camino. Avancé unos metros y le di un pequeño toque en la espalda como quien avisa a un amigo. Cuando se volvió lo agarré del cuello, lo tumbé en el suelo y comencé a rularlo como si fuera un tonel, un tonel grande y lleno de mierda. Cada vez rulaba más rápido, una calle, dos calles, un paso de cebra, un coche que frena, un giro a la izquierda y una pequeña rampa que me hizo sudar. “Pequeño gordo hijo de puta, no deberías ensuciar la calle”.
En las afueras cogí un camino entre dos naves industriales y el gordo chillaba como un cerdo. Las piedras, aunque entorpecieron mi camino, al clavarse en sus pellejos a punto de reventar, creaban una sinfonía de gritos, llantos, insultos y ruidos asquerosos, que al mezclarse con mis cantos tiroleses, estaba a la altura de los grandes compositores. Una obra maestra.

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