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Archive for the ‘Textos no tan ficticios’ Category

Los cuadros 1, 2 y 3 son del 2004.  El 4 es del 2005. Existían otros dos, 5 y 6, pero han sido borrados de la memoria, no merecen la resurrección.

Recordemos:

Cuadro 1:

Un rebaño de ovejas muertas, dispuestas sin un orden perceptible. El pastor, empalado en su cayado, no ha perdido el respeto. Un perro en celo se disputa con las urracas el cuerpo acartonado de la burra.

El único sonido que se escucha es el tintineo de una cucharilla en una taza. Un robot de los años 20, indiferente ante tal escena, degusta una taza de café árabe en una pequeña mesa de forja pintada de blanco. Sobre las 16 horas.

Cuadro 2:

Árboles huecos, 7 filas de 21. La corteza a la vez que transparente parece elástica. Dentro, si observamos atentamente, esas formas marrones aterciopeladas son cadáveres de liebres dispuestas simétricamente formando arabescos. No hay estufas cerca. Más allá del grupo de árboles se levanta una casa-palacio habitada por robots de los años 20.

Cuadro 3:

Dos grupos de robots de los años 20 juegan al polo en lo que parece ser un campo de cebada.

Los caballos, marrones todos, iluminan el espacio con sus ojos de Led. Las expresiones de los robots no ofrecen información sobre el partido. Sobre las 21 horas.

Cuadro 4:

Son las 4 de la tarde, en el pequeño pueblo todos duermen la siesta. Un perro persigue  un  tractor, un  Nuffield del 48, conducido por un robot de los años 20. Suena “Song sung blue” de Neil Diamond.

 

Hoy  ha sido creado el Cuadro 5:

Ya no quedan robots de los años 20 en el pueblo, solo queda hierba seca y polvo. En las afueras, una carretera. En el lado izquierdo cientos de perros aullan el blues más triste jamás escuchado, en el lado derecho, cientos de caballos lloran en silencio. A lo lejos, distorsionado por el calor del asfalto, un cuerpo sin vida y una guitarra, Un acorde menor en séptima mantiene la solemnidad y la tensión.

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Más vale levantarse, tomar un trago de alguna bebida alcohólica y olvidar los cuadros, la pequeña situación que viene a continuación no tiene nada que ver con lo anterior, es una de esas situaciones de la que  cualquier persona desearía formar parte.

Pequeña situación.

Sí, la gorda gritó tan fuerte que un estallido de sangre empapó a los asistentes del alumbramiento, las palabras del bebé al salir fueron: “qué hijos de puta! dadme un cigarro cabrones, llevo 9 meses a 70 grados dentro de este saco de carne y… ¿tengo que tragarme ahora todo el tema de los peluches y los patucos? A tomar por c …ulo! Me voy al bar”.
La gorda engulló al bebé y seguidamente vomitó una preciosa niña que entretuvo a la audiencia con unos maravillosos pasos de charleston.

El hombre del monóculo la miraba suciamente, estirando sus tirantes con los pulgares y moviendo su puro arrítmicamente en su boca, se imaginaba las noches de dinero y whisky en Broadway. Notó como lloraba genitalmente. Todos lo notaron, la niña también. El hombre hubiera muerto de un infarto en tres días pero fueron las puñaladas de nuestra pequeña amiga bailarina las que destrozaron el corazón del sucio cazatalentos.

La gorda engulló el cadáver y, seguidamente, vomitó un perro que giraba sobre sí mismo a dos patas. Todos volvieron a aplaudir.

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Nueva escena de una obra que se alarga cuando menos te lo esperas, las dos primeras escenas son del 2006. Aquí está la nueva escena, la 3ª “Cristine”. Para el que no tuvo la suerte de leerla hace 4 años he copiado la escena 1 y 2. Disfruten.

Arizona.

 

Escena 1. La llamada de Jack.

Cuenca, 26 de Abril de 2006,  2.00 am.

El hijo, el nieto, la nuera, el silencio y su mujer, todos alrededor en la hora de la muerte. Una habitación pequeña, una cama antigua, la luz procede de una pequeña lámpara encima de una mesita de noche.

Abuelo: Maldita sea, ¿dónde lo guardé? Hijos de puta, mira debajo de ese abrigo nene – dirigiéndose a su nieto – y dame la caja que hay debajo.

El nieto, consciente de su protagonismo en ese momento importante en lo que podía ser la muerte de su abuelo  corre como un demonio hacia el objetivo.

Hijo: ¿Qué buscas papá?

Abuelo: ¡Cállate! mierda, hijos de puta. ¡Aquí está! – grita sacando un pequeño papel de estrazo – toma este número y llama, ¡corre!

Hijo: Papá, esto no es un número de teléfono.

Abuelo: ¿Cómo tuvimos un hijo tan gilipollas?

La mujer apretando los ojos agarra la colcha soltando un suspiro.

Abuelo: Es un número de Arizona, llama.

Hijo: ¿Qué hay en Arizona?

Abuelo: Nunca lo sabrás porque has sido, eres y serás un gilipollas.

La nuera, agarra al hijo y lo lleva arrastrando a la sala de estar donde aguardan los otros parientes.

Nieto: ¡Abuelo, yo llamo!

Abuelo: Toma, llama tú. ¡Llama! 

Hijo: Llévatelo, no vas a llamar, yo llamaré.

Abuelo: ¡Fuera de aquí gilipollas!, – grita el abuelo mientras golpea con su bastón en la cómoda – ¡Fuera de aquí gilipollas!

La mujer, llorando, sale corriendo de la habitación junto con la nuera.

Abuelo: Ven aquí chaval, llama a este número y pregunta por Jack.

El hijo desiste y decide dejar que todo siga su ritmo.

El nieto coge el teléfono y marca.

Nieto: ¿Está Jack?…vale, aquí, se está muriendo…

Abuelo: ¡No me estoy muriendo, no hagas caso de lo que te digan!

Se escuchan risas desde la otra parte del teléfono. El nieto le pasa el teléfono al abuelo como obedeciendo una orden.

Abuelo: Maldito hijo de puta, ¿cómo has sabido que…? ¿Ahora mismo? ¿Y la gorda?…Con el gilipollas y su hijo, sí podemos sacar algo bueno de él. Abre ese cajón nene – dirigiéndose al nieto – dame la pistola.

Hijo: Papá, por favor, dame la pistola.

Abuelo: Maldito gilipollas, si Jack estuviera aquí ya te habría sacado las tripas como si fueras un barbo.

Hijo: ¿Quién es Jack?

El intento de conversación del hijo para tratar de hacerse con la pistola queda interrumpido.

Abuelo: ¡Dale metralla a la furcia! ¡Dale metralla a la furcia!

La mujer y la nuera aparecen en la habitación. El abuelo dispara al techo su Colt.

Nieto: Sí, ¡Dale metralla a la furcia! ¡Dale metralla!

El nieto salta en la cama mientras su abuelo desnudo golpea a su hijo con el bastón.Nieto y Abuelo: iDale metralla a la furcia!

Escena 2. Jack.

Después de la fuga del nieto y su abuelo  a la antigua (y secreta) cabaña del río tras los incidentes en la equivocada hora de la muerte, el abuelo enseñó a su descendiente el antiguo arte de los tres vicios, el alcohol, las mujeres y las armas. Cuando el pequeño Ed… (hemos saltado la parte del cambio de nombres de manos de Jimmy, el hombre que pesca las percas con lazo, y también la parte sobre la familia. Nada importante). 
Continuamos, cuando el pequeño Ed, de 9 años, era capaz de beber tres vasos de bourbon subido a hombros de Cristine, una vieja amiga del abuelo, mientras disparaba su Colt haciendo callar a todos los indeseables hijos de puta del bar, su abuelo decidió que había que prepararse para el encuentro con Jack.

 Estado de Arizona, 21 de Octubre de 2006, 16.30 pm. En un viejo Ford Mustang descapotable, el abuelo canta una vieja canción mientras Ed se lia un cigarrillo.

“Johnnie get your gun, get your gun, get your gun, 
Take it on the run, on the run, on the run; 
hear them calling you and me; 
Every son of liberty. 
Hurry right away, no delay, go today, 
Make your daddy glad, to have had such a lad, 
Tell your sweetheart not to pine, To be proud her boy’s in line.”

Nieto: Abuelo, ¿puedes parar? quiero mear.

Abuelo: Yo he meado tres veces desde que tomamos aquella tarta, pequeño.

Nieto: Pero si no hemos parado.

Abuelo: (con grandes carcajadas) Ed, ¡tu abuelo parece una cesta después de un buen día de pesca!

Nieto: hay que joderse, yeeeeehaaaa!

Ed, se pone de pie sobre el asiento trasero y mea mientras dispara su Colt al aire, tras una calada un disparo, tras un disparo otra calada. 
El Ford toma un polvoriento camino que sale a la derecha de la carretera, han dejado la vieja ruta 66 para entrar en el rancho de Jack.

[Voz en off de Ed: El rancho era el típico de las películas americanas, de madera y una vieja furgoneta bajo un árbol cerca de la entrada. Nada más bajarnos del coche un perro, un labrador para ser más exactos, se acercó y se sentó a unos dos metros de nosotros, detrás de él una gran nube de polvo provocada por el Ford.]

Abuelo: Viejo cabrón, How is my brother?

Jack: Oh my fucking god, I haven’t enough bullets! – saliendo de la nube de polvo con una escopeta en la mano izquierda.

Los dos viejos se abrazan y continúan hablando en inglés. Ed, parado, mira fíjamente a Jack, un escalofrío le recorre la espalda a la vez que una sensación de tranquilidad.Jack: Tú debes ser el pequeño Ed, ¡ven y dame un abrazo granuja!

Ed ya no sabía si estaba abrazando a su abuelo o a Jack, eran exactamente iguales. Jack un poco más castigado por el sol pero las mismas facciones, la misma mirada y los dientes que le faltaban a uno los tenía el otro y viceversa. 

Ed: Joder! soys unos putos gemelos!

Jack: Rayos! Este niño habla como el jodido

Las palabras de Jack quedan interrumpidas por Picante, el perro, que apareció con una inmensa rata de agua en la boca y totalmente empapado.

Jack: Yeehaaa! preparemos la cena. 

Escena 3. Cristine.

7 de Julio de 2010.  Dirty Road Motel.

Ed: ¿Está Cristine? – dirigiéndose al recepcionista.

Recepcionista: ¿Quién diablos lo pregunta? Eres un pequeño mocoso, Cristine es demasiado para ti.

Ed: Cállate hijo de puta, dime dónde está Cristine o te meto una bala en tu sucia cabeza.

Recepcionista: Oh, un chico valiente buscando a una puta.

El recepcionista nota como sus pantalones se humedecen cuando el pequeño, ahora no tan pequeño Ed, le apunta al entrecejo con una Colt Peacemaker brillante, con la empuñadura de marfil tallado y en el cañón una firma: Painmaker.

Cristine: ¡Ed! ¿Qué haces aquí cariño?

Ed: ¡Cristine, rápido! El abuelo y Jack… El abuelo…

Ed rompe a llorar mientras baja su pistola. Cristine abraza a Ed acurrucando su cabeza entre sus enormes pechos.

Cristine: ¿Qué ha ocurrido, pequeño?

Ed: Están muertos, Cristine, están muertos.

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Antes de escribir nada, para que no se me olvide, pelodemuerto está parado porque no tengo escaner. Y no lo tendré durante un tiempo.

Ayer me arrestó la guardia civil, la verdad es que no lo consiguió del todo y ahora vivo en un agujero, mentira, pero era lo que yo pensaba que ocurriría.

Hace ya unos dos meses que vengo recogiendo todos los cadáveres de animales que encuentro en la carretera, conejos, liebres, ardillas, erizos, urracas… Los recojo y los guardo en bolsas en el maletero.

Ayer, sobre las 8.00 am, cuando iba a trabajar, al pasar por un pueblo había un control de la guardia civil. Pensé que era lo de siempre, la documentación, el seguro y la ITV. Pues no, iban buscando algo. Por estos pueblos se mueve mucha droga y algo esperaban encontrar.

-¿Puede abrir el maletero?

-Sí, claro.

-¡Dios santo! ¿Qué es ese olor? ¿Qué lleva usted en las bolsas? Madre de Dios!

-No es nada, animales muertos.

-¿Pero qué dice? animales muertos, ¿para qué? Sargento, venga, mire esto.

-No lo entienden, no es ningún delito, los necesito para una cosa.

El cabo se extrañó pero cuando llegó el sargento y abrió una bolsa…

-¿Pero que hostias es esto? ¿Usted está bien de la cabeza?

-Sí, estoy bien, y si no tienen nada más que decir tengo que ir a trabajar.

-¿Dónde trabaja usted?

-En un agujero de pelo y está a punto de desbordarse. Dios tiene un hijo, un chaval de 4 años que tengo metido en una jaula. La madre es adicta a la metanfetamina y Dios, con el lío que tiene, no tiene tiempo para ocuparse del chaval y lo soltó cerca de una madriguera de un tejón que tenía yo vivgilada porque ese maldito tejón astuto salía a la cuneta a insultarme todos los días que pasaba por allí. Decidí vigilar la madriguera una noche pero cuál fue mi sorpresa al ver  un niño con barba subido en el tejón y cabalgando con la cabeza bien erguida. Insultaba y maldecía al resto de animales nocturnos. Logré cazarlos. Dejé escapar al tejón pero su mirada mostraba ira y venganza, cosas que no me dejan dormir por las noches. Ahora, durante todo el día  tengo que entretener al niño barbudo para que no se enfade y produzca tormentas de fuego y además estar pendiente del agujero para que no se desborde y se nos meta el pelo en los ojos o en la boca. Le aseguro sargento que no es agradable.

Los animales muertos los utilizo como marionetas y títeres, represento importantes hechos históricos que mantienen al mocoso tranquilo. Hoy toca  la elección de Abraham Lincoln como presidente de los Estados Unidos de América. La verdad es que todo esto es mentira, en realidad soy maestro y los animales son para un trabajo de plástica, vamos a fabricar estuches con la piel, y punzones con los huesos. ¿No se lo cree, verdad? El niño barbudo me advirtió de ustedes, “deja de ir de aquí para allá con el coche en busca de cadáveres! la edad contemporánea me aburre!” Prefiero que dances y cantes para mí. Yo no sé cantar, sargento, mis lágrimas demuestran que digo la verdad. Bailar es otra cosa, no es que sea un Fred Astaire pero me defiendo, sobre todo en bailes desincronizados, pura experimentación y vanguardismo señor sargento, lo que viene a ser improvisación disfrazada de innovación. ¿Le importa que siga mi camino?

-Hahaha – la carcajada resonó en toda la sierra y los ojos del sargento tomaron el color del hígado.

El cabo se agarró del cuello y tirando su piel hacia atrás dejó ver quién era en verad. El maldito tejón! Pero la cosa no acaba aquí, el sargento era el hijo de Dios, el niño barbudo que reía sin parar dando vueltas por el suelo.

-Te la hemos vuelto a colar gilipollas! hahaha.

-Malditos! lograréis que se desborde el agujero!

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23 de mayo de 1985.

 

El cadáver estaba envuelto en pelo, pelo largo y negro que ocultaba una avutarda acartonada. Alrededor del pájaro bailaban y cantaban tres niños:

 

“Silo de carroña,

  Sino de aprendices,

  Nido de cenizas,

  Nicho de lombrices.

 

  Ahí viene la madre,

  Viene la moscarda,

  Suyo es el cadáver,

  Nuestra la avutarda”

 

Cientos de moscas cubrieron el cuerpo sin vida de la avutarda. Enredadas en el pelo, las moscas quedaron atrapadas.

Uno de los niños agarró el amasijo de pelo, moscas y carne muerta y atándolo con una cuerda lo colgó de la rama de una encina. Los niños se sentaron bajo el cadáver formando un triángulo.

 

Aquella fúnebre colmena de plumas, pelo y moscas se balanceaba describiendo un ocho, un infinito movimiento que cada vez era más rápido. A la vez que el cadáver pasaba por encima de sus cabezas, los niños susurraban una oración:

 

“Ojos muertos envueltos en ojos ciegos, caos envuelto en pelo de muerto, ciegos los ojos, iluminan la noche”

 

Al cabo de un rato, el cadáver paró en seco en el centro del triángulo que formaban los niños. El mayor de ellos, de unos 10 años, se levantó y encendió un mechero que arrimó al ovillo de pelo. Las moscas caían como pequeños cometas mientras el pelo, como pequeños hilos de lumbre, ascendía lentamente hasta que quedaba enganchado en las ramas de la encina.

 

Arriba, bajo la copa de la encina, el cielo apocalíptico mostraba la constelación de la matriz, abajo, los nuevos cadáveres y, presidiendo aquel pequeño universo, el pájaro humeante. Los niños inhalaron el humo que desprendía el cadáver y escarbaron en el suelo, escarbaron durante dos horas. Cuando las sepulturas estaban listas los niños se acostaron. Una ráfaga de viento apagó el fuego y sepultó a los niños.

 

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-Madre, déjeme salir- suplicaba la hija desde la habitación- ¡madre, madre!

 

Eran las 11 de la noche del 23 de mayo cuando todo ocurrió. La familia, el padre, la madre y la hija, todos sentados alrededor de la mesa camilla jugaban a las siete y media como todos los jueves.

 

La hija tenía 21 años, era alta, más que el padre, morena y no muy agraciada. Trabajaba en una oficina ordenando papeles y digitalizando antiguas facturas. Las tardes las pasaba, al igual que las noches, sentada con su madre, en la mesa camilla, haciendo punto o jugando a las cartas. De vez en cuando veían alguna película de estreno que habían comprado a un chino.

 

La madre proteccionista, veía en su hija el ideal de mujer joven, como había sido ella y como había sido su madre. El color negro imperaba en la casa, al igual que el pelo recogido en un moño perfectamente redondo y custodiado por decenas de orquillas negras. Cientos de figuras de porcelana de los bazares adornaban el viejo mueble de pino.

La madre mostraba continuamente una mueca cómica que sus ojos desmentían, “¿otra partida? Yo barajo”.

 

El padre, el patriarca destronado, era un hombre delgado, demasiado viejo para su edad, gastado y cansado. Llegaba a casa sobre las 10, cenaba, veía la televisión y a las 11 y media se acostaba mientras el resto de la familia seguía jugando a las cartas.

Se levantaba a las 6 de la mañana para ir a la fábrica. Cuarenta años montando tostadoras en el mismo taburete de siempre. Hace una semana le habían regalado una camisa azul con el logotipo de la empresa bordado en el bolsillo, eso era lo único que había conseguido en cuarenta años, eso y el piso, una vivienda de renta antigua que anteriormente había sido una oficina del registro catastral.

 

 

La partida de las siete y media de las 11 terminó antes de lo habitual. El padre veía un programa de reportajes cuando la hija se levantó, tiró las cartas al suelo y abrió la boca encorvándose hacia su padre. Su cara empezó a hincharse, la piel tomaba un tono azulado y sus ojos estaban a punto de estallar.

La madre, asustada, se levantó y le dio unas palmadas en la espalda. El padre saltó del sillón y corriendo fue a llamar a urgencias pero la hija lo cogió por los hombros y lo empujó hacia el sillón. La madre, llorando, la agarró por la espalda abrazándola, pero no podían hacer nada, la hija seguía con la boca abierta, hinchada, sin emitir ningún grito ni gesto.

 

De pronto, la hija se levantó la falda y el padre creyó ver la cabeza de un cordero sin ojos, parecía muerto pero balaba, balaba como los corderos que van a morir.

El cuello de la hija empezó a hincharse y una especie de madeja de pelo negro apareció por la boca. Como el que expulsa un trozo de carne al atragantarse, la hija, con un sonoro balido escupió una inmensa bola de pelo negro, grasiento y apestoso.

 

La madre cayó al suelo desmayada y el padre, llorando y gritando, quedó sentado en el sillón sosteniendo la bola de pelo. La hija, balando como una cabra a la que están acuchillando, daba vueltas orinándose por toda la habitación.

El padre dejó la bola de pelo encima de la mesa y fue a reanimar a su esposa.

 

Al cabo de una hora, los padres intentaron calmar a su hija pero fue imposible. Mientras caminaba como danzando en círculos, la hija, expulsaba por la boca lo que serían restos de pelo a la vez que orinaba y balaba.

 

Afortunadamente la hija entró en su habitación y los padres aprovecharon para encerrarla. Desde que se mudaron a este piso no habían cambiado las puertas y estas conservaban las cerraduras de la antigua oficina.

El padre preparó una tila a su esposa, la sentó en un taburete de la cocina y fue al salón. Se acercó a la bola de pelo y notó que se movía, un movimiento casi inapreciable. Acercó la cabeza al pelo y escuchó un ruido intermitente, como una radio que no acaba de sintonizar, un ruido blanco, intermitente. Intrigado, intentó abrir la bola de pelo con sus manos y sin mucho esfuerzo consiguió abrir un pequeño hueco. Acercó otra vez la cabeza para escuchar el ruido pero algo le hizo saltar hacia atrás. Miles de moscas, negras y grandes, salían de aquel hueco como un chorro de agua negra y ruidosa que sale a presión de una manguera pestilente.

 

En pocos minutos la habitación se llenó de moscas. Cubrían las paredes, el techo, las figuras de porcelana, la mesa. Otras, aplastadas y moribundas formaban sobre la orina del suelo, un mosaico de últimos espasmos. El olor era insoportable. El padre saltó por la ventana.

 

La madre, con la mueca borrada, con los ojos en blanco, abrió la nevera y sacó una cabeza de cordero.

La hija seguía balando y orinando encerrada en su habitación cuando su madre, en la habitación contigua se levantó la falda y simuló actos obscenos con la cabeza de cordero. De repente un grito, un balido o un graznido, quizá los tres sonidos a la vez, salieron de la boca de la madre.

Como un pastor muerto en medio del campo, la mujer, con ese grito llamó a las moscas,  que de una en una, fueron introduciéndose en la boca.

Tardaron cuatro horas en desaparecer dentro del cuerpo. Al entrar la última mosca, mientras la hija seguía balando, la madre corrió hacia el salón y saltó por la ventana.

 

 

 

El forense, sin el más mínimo cuidado, abrió en canal el cuerpo de la madre, al llegar al útero el forense no podía creer lo que estaba viendo, tres fetos aun con vida abrazaban un enorme pájaro muerto.

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Frank Seawhatz ha vuelto hoy al trabajo después de sus vacaciones. Volver al trabajo no es lo que cabrea a nuestro amigo Frank, es la vuelta a la vida urbana y el sonido del despertador a las 6.30am cada mañana.

Como todos los días ha desayunado y ha bajado a la calle en busca de su coche,  camina unas tres manzanas hasta él donde se cruza con una mujer de mediana edad que pasea a un perro envuelto en lana y con el dueño de la papelería que está enfrente de la cochera, son las únicas dos personas a esas horas en el barrio de Frank.

En el termómetro de la farmacia que está de camino a la cochera, un -2º cambiaba a -3º cuando Frank ha tropezado con la correa del perro lanudo. “Puto perro”

 

Abre una puerta, otra puerta, baja escaleras, abre dos puertas más y se mete en su coche, introduce las llaves,  mira el indicador del carburante, arranca y enciende el radio-cd, Ringo Star y su “Octopus’ Garden”, justo lo que Frank deseaba en esos momentos:

“I’d like to be under the sea,
 In an octopus’ garden in the shade”

 

The Beatles, alternando entre “Abbey Road” y “Let it Be”, han sido la BSO del viaje que suele durar entre ochenta y noventa minutos por una carretera nacional de escaso tráfico. La temperatura exterior era de -10º, pero los últimos minutos del “Abbey Road” pueden con todo.

Boy, youre going to carry that weight,
 Carry that weight a long time”

 

Antes de entrar en el colegio, Frank ya sabía lo que le esperaba, besos y felicitaciones de año nuevo, conversaciones sobre lo bien que se lo han pasado y el frío que hace. No se equivocaba. Al entrar al hall, seis personas hablando a la vez, besándose y riendo gracias sobre kilos de más, le miraron y felicitaron el año conjuntamente, todos sonrientes. Ese coro de niños de San Ildefonso fracasados es para lo que Frank no se había preparado, sus ojos se nublaron y en su cabeza empezaron a retumbar los primeros acordes y frases de “Tupelo” (Looka yonder! Looka yonder!Looka yonder! A big black cloud come!)

“Más frío debería hacer y que se os helara el cerebro panda de gallináceos deseosos de contar vuestras miserias, ¿no habéis tenido tiempo de desgastar esas mal nacidas cuerdas vocales que deberían ahogaros para que yo no tenga que mancharme las manos al estrujar vuestro cuello?”

 

Suerte que sonó la campana y con ella una centena de alumnos entraron gritando y corriendo. Un niño de 7 años, alumno de Frank paró en seco y mirando a nuestro amigo gritó:

-¡Maestro! ¡Me han traído las manos de Hulk! ¡Y la máscara!

Frank le sonrió y cogiéndolo suavemente del cuello como a un gato le dijo:

-Sube, arriba me lo cuentas.

Mientras subía las escaleras y dejaba atrás a los gallináceos, en la cabeza de Frank sonaba “I dig a pony”

“I dig a pony.
             Well you can celebrate anything you want”

Frank siempre ha preferido una mala traducción de esta letra, él no quiere ni busca un pony, acaba de enterrar uno que ha ofrecido a los dioses.

Poorfranz.

Todo parecido con la realidad es pura coincidencia rebuscada.

 

 

 

 

 

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