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Me llamo F. Seawhatz y he mandado a la mierda al narrador de esta basura.

Hace unos días que soy secretario de un tribunal de oposiciones, no sé si es por venganza de un ser superior, por ser yo un ser inferior o por la mala suerte que siempre me ronda. Y me rondará hasta el 24 de julio y el resto de mis días.

No estaría tan mal si estuviera cerca de mi hogar, estoy a 200 km en una ciudad bastante pequeña que no me llama la atención lo más mínimo, hace mucho calor y el minibar no es gratis.

Gracias al ser superior y su venganza, trabajo 11 horas, corrigiendo exámenes, leyendo los mismos temas una y otra vez, sentado en un aula-horno de un instituto de secundaria.

¿Por qué una venganza?

Proque el ser superior adora a sus fieles y odia a sus infieles. Por eso me hace estar 11 horas, trabajando, comiendo y caminando, con sus amiguitos. Como ser asocial que soy, es una putada.

No hay más que decir.

Otra entrada en esta basura será para dar testimonio de que yo sí lo hice, ellos no sufrieron y  por fin se acaba todo.

Cuando ya tenía unos años, sobre 8 o 9, y me estaba permitido tocar los vinilos, pasaba tardes enteras escuchando todos los discos de mi padre, todos, no me dejaba ninguno. Entre discos de Beatles, Creedence Clearwater Revival, Neil Young, Aretha Franklin, Serrat, Los Bravos, o Pink Floyd entre muchos, encontré a Drácula en la portada de uno, lo que no me esperaba era esto:  (y menos pensar que podría ver el vídeo algún día)

Hot Blood – Soul Dracula

Pero es que también encontré este single entre los 45rpm y todavía puedo cantar esta canción de memoria:

La Trinca – El barón de bidet.

 

Esos vinilos están a menos de 2 metros de mí, voy a tener que dar otro repaso.

23 de mayo de 1985.

 

El cadáver estaba envuelto en pelo, pelo largo y negro que ocultaba una avutarda acartonada. Alrededor del pájaro bailaban y cantaban tres niños:

 

“Silo de carroña,

  Sino de aprendices,

  Nido de cenizas,

  Nicho de lombrices.

 

  Ahí viene la madre,

  Viene la moscarda,

  Suyo es el cadáver,

  Nuestra la avutarda”

 

Cientos de moscas cubrieron el cuerpo sin vida de la avutarda. Enredadas en el pelo, las moscas quedaron atrapadas.

Uno de los niños agarró el amasijo de pelo, moscas y carne muerta y atándolo con una cuerda lo colgó de la rama de una encina. Los niños se sentaron bajo el cadáver formando un triángulo.

 

Aquella fúnebre colmena de plumas, pelo y moscas se balanceaba describiendo un ocho, un infinito movimiento que cada vez era más rápido. A la vez que el cadáver pasaba por encima de sus cabezas, los niños susurraban una oración:

 

“Ojos muertos envueltos en ojos ciegos, caos envuelto en pelo de muerto, ciegos los ojos, iluminan la noche”

 

Al cabo de un rato, el cadáver paró en seco en el centro del triángulo que formaban los niños. El mayor de ellos, de unos 10 años, se levantó y encendió un mechero que arrimó al ovillo de pelo. Las moscas caían como pequeños cometas mientras el pelo, como pequeños hilos de lumbre, ascendía lentamente hasta que quedaba enganchado en las ramas de la encina.

 

Arriba, bajo la copa de la encina, el cielo apocalíptico mostraba la constelación de la matriz, abajo, los nuevos cadáveres y, presidiendo aquel pequeño universo, el pájaro humeante. Los niños inhalaron el humo que desprendía el cadáver y escarbaron en el suelo, escarbaron durante dos horas. Cuando las sepulturas estaban listas los niños se acostaron. Una ráfaga de viento apagó el fuego y sepultó a los niños.

 

                                                        ——————————————

 

-Madre, déjeme salir- suplicaba la hija desde la habitación- ¡madre, madre!

 

Eran las 11 de la noche del 23 de mayo cuando todo ocurrió. La familia, el padre, la madre y la hija, todos sentados alrededor de la mesa camilla jugaban a las siete y media como todos los jueves.

 

La hija tenía 21 años, era alta, más que el padre, morena y no muy agraciada. Trabajaba en una oficina ordenando papeles y digitalizando antiguas facturas. Las tardes las pasaba, al igual que las noches, sentada con su madre, en la mesa camilla, haciendo punto o jugando a las cartas. De vez en cuando veían alguna película de estreno que habían comprado a un chino.

 

La madre proteccionista, veía en su hija el ideal de mujer joven, como había sido ella y como había sido su madre. El color negro imperaba en la casa, al igual que el pelo recogido en un moño perfectamente redondo y custodiado por decenas de orquillas negras. Cientos de figuras de porcelana de los bazares adornaban el viejo mueble de pino.

La madre mostraba continuamente una mueca cómica que sus ojos desmentían, “¿otra partida? Yo barajo”.

 

El padre, el patriarca destronado, era un hombre delgado, demasiado viejo para su edad, gastado y cansado. Llegaba a casa sobre las 10, cenaba, veía la televisión y a las 11 y media se acostaba mientras el resto de la familia seguía jugando a las cartas.

Se levantaba a las 6 de la mañana para ir a la fábrica. Cuarenta años montando tostadoras en el mismo taburete de siempre. Hace una semana le habían regalado una camisa azul con el logotipo de la empresa bordado en el bolsillo, eso era lo único que había conseguido en cuarenta años, eso y el piso, una vivienda de renta antigua que anteriormente había sido una oficina del registro catastral.

 

 

La partida de las siete y media de las 11 terminó antes de lo habitual. El padre veía un programa de reportajes cuando la hija se levantó, tiró las cartas al suelo y abrió la boca encorvándose hacia su padre. Su cara empezó a hincharse, la piel tomaba un tono azulado y sus ojos estaban a punto de estallar.

La madre, asustada, se levantó y le dio unas palmadas en la espalda. El padre saltó del sillón y corriendo fue a llamar a urgencias pero la hija lo cogió por los hombros y lo empujó hacia el sillón. La madre, llorando, la agarró por la espalda abrazándola, pero no podían hacer nada, la hija seguía con la boca abierta, hinchada, sin emitir ningún grito ni gesto.

 

De pronto, la hija se levantó la falda y el padre creyó ver la cabeza de un cordero sin ojos, parecía muerto pero balaba, balaba como los corderos que van a morir.

El cuello de la hija empezó a hincharse y una especie de madeja de pelo negro apareció por la boca. Como el que expulsa un trozo de carne al atragantarse, la hija, con un sonoro balido escupió una inmensa bola de pelo negro, grasiento y apestoso.

 

La madre cayó al suelo desmayada y el padre, llorando y gritando, quedó sentado en el sillón sosteniendo la bola de pelo. La hija, balando como una cabra a la que están acuchillando, daba vueltas orinándose por toda la habitación.

El padre dejó la bola de pelo encima de la mesa y fue a reanimar a su esposa.

 

Al cabo de una hora, los padres intentaron calmar a su hija pero fue imposible. Mientras caminaba como danzando en círculos, la hija, expulsaba por la boca lo que serían restos de pelo a la vez que orinaba y balaba.

 

Afortunadamente la hija entró en su habitación y los padres aprovecharon para encerrarla. Desde que se mudaron a este piso no habían cambiado las puertas y estas conservaban las cerraduras de la antigua oficina.

El padre preparó una tila a su esposa, la sentó en un taburete de la cocina y fue al salón. Se acercó a la bola de pelo y notó que se movía, un movimiento casi inapreciable. Acercó la cabeza al pelo y escuchó un ruido intermitente, como una radio que no acaba de sintonizar, un ruido blanco, intermitente. Intrigado, intentó abrir la bola de pelo con sus manos y sin mucho esfuerzo consiguió abrir un pequeño hueco. Acercó otra vez la cabeza para escuchar el ruido pero algo le hizo saltar hacia atrás. Miles de moscas, negras y grandes, salían de aquel hueco como un chorro de agua negra y ruidosa que sale a presión de una manguera pestilente.

 

En pocos minutos la habitación se llenó de moscas. Cubrían las paredes, el techo, las figuras de porcelana, la mesa. Otras, aplastadas y moribundas formaban sobre la orina del suelo, un mosaico de últimos espasmos. El olor era insoportable. El padre saltó por la ventana.

 

La madre, con la mueca borrada, con los ojos en blanco, abrió la nevera y sacó una cabeza de cordero.

La hija seguía balando y orinando encerrada en su habitación cuando su madre, en la habitación contigua se levantó la falda y simuló actos obscenos con la cabeza de cordero. De repente un grito, un balido o un graznido, quizá los tres sonidos a la vez, salieron de la boca de la madre.

Como un pastor muerto en medio del campo, la mujer, con ese grito llamó a las moscas,  que de una en una, fueron introduciéndose en la boca.

Tardaron cuatro horas en desaparecer dentro del cuerpo. Al entrar la última mosca, mientras la hija seguía balando, la madre corrió hacia el salón y saltó por la ventana.

 

 

 

El forense, sin el más mínimo cuidado, abrió en canal el cuerpo de la madre, al llegar al útero el forense no podía creer lo que estaba viendo, tres fetos aun con vida abrazaban un enorme pájaro muerto.

Frank Seawhatz ha vuelto hoy al trabajo después de sus vacaciones. Volver al trabajo no es lo que cabrea a nuestro amigo Frank, es la vuelta a la vida urbana y el sonido del despertador a las 6.30am cada mañana.

Como todos los días ha desayunado y ha bajado a la calle en busca de su coche,  camina unas tres manzanas hasta él donde se cruza con una mujer de mediana edad que pasea a un perro envuelto en lana y con el dueño de la papelería que está enfrente de la cochera, son las únicas dos personas a esas horas en el barrio de Frank.

En el termómetro de la farmacia que está de camino a la cochera, un -2º cambiaba a -3º cuando Frank ha tropezado con la correa del perro lanudo. “Puto perro”

 

Abre una puerta, otra puerta, baja escaleras, abre dos puertas más y se mete en su coche, introduce las llaves,  mira el indicador del carburante, arranca y enciende el radio-cd, Ringo Star y su “Octopus’ Garden”, justo lo que Frank deseaba en esos momentos:

“I’d like to be under the sea,
 In an octopus’ garden in the shade”

 

The Beatles, alternando entre “Abbey Road” y “Let it Be”, han sido la BSO del viaje que suele durar entre ochenta y noventa minutos por una carretera nacional de escaso tráfico. La temperatura exterior era de -10º, pero los últimos minutos del “Abbey Road” pueden con todo.

Boy, youre going to carry that weight,
 Carry that weight a long time”

 

Antes de entrar en el colegio, Frank ya sabía lo que le esperaba, besos y felicitaciones de año nuevo, conversaciones sobre lo bien que se lo han pasado y el frío que hace. No se equivocaba. Al entrar al hall, seis personas hablando a la vez, besándose y riendo gracias sobre kilos de más, le miraron y felicitaron el año conjuntamente, todos sonrientes. Ese coro de niños de San Ildefonso fracasados es para lo que Frank no se había preparado, sus ojos se nublaron y en su cabeza empezaron a retumbar los primeros acordes y frases de “Tupelo” (Looka yonder! Looka yonder!Looka yonder! A big black cloud come!)

“Más frío debería hacer y que se os helara el cerebro panda de gallináceos deseosos de contar vuestras miserias, ¿no habéis tenido tiempo de desgastar esas mal nacidas cuerdas vocales que deberían ahogaros para que yo no tenga que mancharme las manos al estrujar vuestro cuello?”

 

Suerte que sonó la campana y con ella una centena de alumnos entraron gritando y corriendo. Un niño de 7 años, alumno de Frank paró en seco y mirando a nuestro amigo gritó:

-¡Maestro! ¡Me han traído las manos de Hulk! ¡Y la máscara!

Frank le sonrió y cogiéndolo suavemente del cuello como a un gato le dijo:

-Sube, arriba me lo cuentas.

Mientras subía las escaleras y dejaba atrás a los gallináceos, en la cabeza de Frank sonaba “I dig a pony”

“I dig a pony.
             Well you can celebrate anything you want”

Frank siempre ha preferido una mala traducción de esta letra, él no quiere ni busca un pony, acaba de enterrar uno que ha ofrecido a los dioses.

Poorfranz.

Todo parecido con la realidad es pura coincidencia rebuscada.

 

 

 

 

 

Que mejor manera de casi empezar este invento del demonio (la entrada anterior tiene un año)  que hablar del concierto de Woven Hand el pasado sábado en la sala El Sol.

No voy a hacer una crítica extensa comentando cada uno de los temas que tocaron. Uno no escucha canciones cuando va a escuchar al Sr. DEE, no porque uno no quiera, que a eso se va, desde el primer sonido hasta el último entras en un estado de trance que no deja distinguir entre canciones y el setlist se convierte en un sermón donde se comulga con peyote, un todo explosivo, místico y perfecto.

Fue un concierto mucho más guitarrero y salvaje que el anterior, recuerdo que terminaron con “Your Russia” (una versión increible) y que “American Weeze” o “Cuánto puede llegar a estirarse una concertina” puede llegar a hipnotizar a un hiperactivo. De las pocas veces que llegué a rozar la realidad fue cuando algunas varillas de los rods, esas baquetas hechas de varillas, llegaron hasta nosotros, pero no pasó mucho tiempo hasta que David Eugene, con su mirada, sus gestos y sus rezos incomprensibles volvió a absorberme.

Se hizo corto, muy corto, la verdad es que fue corto, una hora, pero una hora del Wovenhand más salvaje. Y como siempre, en primera fila, buena compañía y cerveza bastante cara.

Qué ladrones, una cerveza 3,5€ en la Sala Sol y en el concierto de Lanegan & Isobel Campbell la cerveza costaba 5€!!! Así no hay quien disfrute de los grupos de relleno! Hablando de Lanegan, el concierto estaba diseñado para una sala con unos buenos sofás, sentado tranquilamente con alguna bebida espirituosa. Un concierto lento, tranquilo, oscuro, oscuro por la luz ya que no le vi la cara, ni a él ni a ella. Tocó “Creeping Coastline of lights” y “Wedding dress” creo, soy un desastre para recordar cosas. Me gustó mucho, al igual que los dos primeros temas de la banda siguiente, Giant Sand, una recomendación de arztriper que nos tuvimos que perder para llegar a tiempo y con alguna cerveza más a Wovenhand. Podéis ver dos fotografías del montón en flickr: http://www.flickr.com/photos/hombreconcabezadepajaro

Y poco más, la noche terminó bien, jejeje.

Hasta más ver!

I don’t know the reason of being here. I’m trying to do something I don’t know how to do.